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La alegría del Evangelio en la Vida Consagrada


Carta de
Mons. D. Julián Barrio Barrio
Arzobispo de Santiago de Compostela
con motivo de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada



Queridos Miembros de la Vida Consagrada:

El Año de la Fe, que hemos clausurado, tenía como objetivo reavivar nuestra fe, ver la realidad con la mirada esperanzadora de Jesús para ser centinelas en el corazón del mundo y permitir que la alegría del Evangelio comience a despertarse, “como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias”. Sin duda, “cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual” [1]. Nos disponemos a esperar activa y confiadamente el Año dedicado a la Vida consagrada.

En este contexto celebramos esta Jornada con el lema: “La alegría del Evangelio en la Vida Consagrada”, y lo hacemos con una gran esperanza, abiertos a la fidelidad de Dios que siempre cumple sus promesas. Sedientos de Él, recordamos los versos del poeta Luís Rosales: “De noche iremos, de noche/ sin luna iremos, sin luna/ que para encontrar la fuente sólo la sed nos alumbra”. Con frecuencia el papa Francisco insiste en que hemos de renunciar a “la mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, y que es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal” [2]. La identidad cristiana exige ser fieles a Cristo, sabiendo que “en toda ocasión y por todas partes, llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (2Cor, 4,10), escribe el apóstol Pablo. Así podrá manifestar: “Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,19-20). Él es la persona de la que podemos decir: “Sé de quién me he fiado” (2Tim 1,12). Este es el proceso de un conocimiento que lleva al amor en su seguimiento para la difusión de la alegría del Evangelio.

Un verdadero mal que nos está afectando, es el vano intento de la autosuficiencia con que a veces se pretende programar la existencia sin sentirse amado por Dios. Esto produce una amargura que se refleja en nuestras actitudes. Nadie debe olvidar que “llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero” [3]. Sólo así se aviva la conciencia de que hemos de permanecer en Cristo que quiere que su alegría esté en nosotros y que nuestra alegría llegue a su plenitud (cf. Jn 15, 11). 


Es gozoso percibir que la Iglesia contribuye a hacer más humana la familia de los hombres y su historia. “Sabe bien que sólo Dios, a quien ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano. Sabe también que el hombre, solicitado sin cesar por el Espíritu de Dios, nunca será totalmente indiferente ante el problema de la religión, como lo prueban no sólo la experiencia de los siglos pasados, sino también los múltiples testimonios de nuestro tiempo. Pues el hombre siempre deseará, al menos confusamente, saber cuál es el significado de su vida, de su actividad y de su muerte” [4]. Todos, pero especialmente los miembros de la Vida consagrada, hemos de saber que sólo dejándonos iluminar por la luz de fe y alimentar por la gracia, llegamos a descubrir realmente a Cristo y podemos actuar en su nombre.

Es importante mostrar cómo esta vida en el tiempo se abre a una plenitud que va más allá de la historia de los hombres y que conduce a la comunión eterna con Dios. Jesús no se presenta a la mujer samaritana simplemente como aquel que da la vida sino como el que da la “vida eterna” (Jn 4, 14). Los miembros de Vida Consagrada han de estar al corriente de lo que pasa en la actualidad ya que el diálogo pastoral y evangelizador con el mundo exige conocer el hoy en que vivimos y ejercer sobre él la capacidad de discernimiento para escoger lo que parezca mejor sin dejarse impresionar por los alardes de la modernidad. Necesitamos un fuerte sentido de la historia y de la espera confiada. Hay que saber relativizar las críticas y los rechazos y hacer una lectura creyente de la realidad, sabiendo acompañar “para que todos aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro (cf. Ex 3,5).

Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana” [5]. Así se trasmite la alegría del Evangelio.

Alabamos y damos gracias a Dios por el don de este estado de vida, que pertenece a la santidad de la Iglesia. Rezamos por los miembros de la Vida Consagrada y valoramos vuestro testimonio en el seguimiento de Cristo con la práctica de los consejos evangélicos. Sé que amáis a nuestra Iglesia diocesana y la enriquecéis con vuestros carismas. Llegue a vosotros mi gratitud con mi felicitación por la contribución que hacéis a la misión de la Iglesia, mi exhortación a la esperanza en situaciones nada fáciles para vosotros y mi invitación a reafirmaros como testigos y promotores de la nueva evangelización según los carismas que habéis recibido del Señor.

Os saluda con todo afecto y bendice en el Señor,




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[1] FRANCISCO, Evangelii gaudium, 11. 

[2] Ibid., 99. 

[3] Ibid. 8. 

[4] Gaudium et spes, 41. 

[5] FRANCISCO, Evangelii gaudium, 169. 

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